Rara vez nos ponemos a pensar porqué ciertas cosas están hechas de la manera en que están hechas – y cuando lo hacemos, generalmente nos faltan elementos para poder llegar al fondo de la cuestión. Entonces nuestra conclusión suele ser “porque así están bien hechas”, y nos desentendemos del problema. Pero muchas veces, las cosas tienen razones de ser muy diferentes.
La distribución de las teclas en la máquina de escribir, que luego fue heredada por los teclados de las computadoras, es un excelente ejemplo. Como no sigue ninguna lógica evidente, uno termina suponiendo que tiene algo que ver con la eficiencia a la hora de tipear. Lo que es cierto, pero no precisamente en el sentido que uno imagina.

El insigne inventor decidió entonces complicar al máximo la disposición de las letras en el teclado (originalmente era alfabética), de forma tal que al escribir se perdiera el mayor tiempo posible y que los mecanógrafos no pudieran superar a la máquina. La distribución de las letras en el teclado hizo que las combinaciones silábicas más frecuentes debieran teclearse con el mismo dedo (la forma más lenta de hacerlo) y que la mano derecha se encargara de sólo el 40% del teclado, dejando el 60% para la mano izquierda, generalmente menos hábil (al menos, para el 90% de la población mundial, que es diestra).
Con el tiempo, los problemas mecánicos de las primeras máquinas de escribir fueron superados, al punto que ya no era necesario un teclado antiproductivo. El propio Sholes, de hecho, patentó un nuevo teclado en 1889, pero nunca fue adoptado. El asunto quedó en el olvido hasta que en los años ‘20 y ‘30 la ergonomía analizó el problema, llegando a la conclusión de que el teclado QWERTY frena la producción, porque de hecho fue diseñado para ello.

En una máquina de escribir, el cambio de la disposición de las teclas es una operación compleja e irreversible. En una computadora, en cambio, el sistema puede interpretar el teclado como le venga en gana, y la conversión es simple, instantánea, inmediata e indolora – basta con seleccionar el teclado deseado en el menú correspondiente.
Sin embargo, hoy en día se sigue utilizando el diseño QWERTY fundamentalmente por tradición, compatibilidad o ignorancia. Los principales sistemas operativos incluyen la distribución de teclas Dvorak como opción, pero los teclados físicos que tengan marcadas las teclas según esa distribución, son rarísimos.
Puestas así las cosas, la adaptación ergonómica más conocida se basa simplemente en el cambio del ángulo de las teclas (que Apple introdujo en su Apple Adjustable Keyboard, y Microsoft unos años más tarde en su Natural Keyboard, ambos carísimos). La angulación tiene un impacto en la productividad muchísimo menor que la redistribución de las teclas, pero es mucho más linda, no requiere reeducación y vende más.
No siempre las necesidades del usuario están en primer lugar. Muchas veces, la necesidad de los diseñadores de esconder los defectos, o la de una empresa por sacar las cosas lo antes posible y vender más son mucho más importantes. Y como los usuarios no suelen tener herramientas suficientes para juzgar un diseño industrial (porque no se dedican a ello), terminan inventando razones para justificar lo que no pueden comprender, y lo que nadie les sabe o quiere decir. Razones que suponen, por ejemplo, que algo es bueno porque es lo único que uno conoce, o porque es lo que todo el mundo usa. Y con esas razones uno se conforma, descartando el problema – y toda posibilidad de conocer algo mejor.
El teclado Dvorak es un perfecto ejemplo de cómo muchas veces los malos diseños se perpetúan en el tiempo, y los buenos diseños son ignorados y olvidados. La industria informática está llena de estos casos. Los errores nunca se corrigen, sea por que la gente ya está acostumbrada a las viejas porquerías (y algo diferente asusta y no vende), o porque diseñar las cosas bien significaría aceptar que alguna vez se las hizo mal.